HAS COMIDO… HAS GANADO Y PERDIDO EN EL MISMO ASALTO, artículo de Belén Bernad Marzola

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Aún puedes notar los efectos del verano bajo tu piel, porque la nevera este verano no solo tenía pegados los imanes; ha sido un campo de fuerza difícil de resistir, has permanecido en órbita a su alrededor, la abrías por agua fresca y salías masticando algo; estabas de vacaciones y has hecho senda del sofá a la nevera, intentabas matar el gusanillo y ha terminado pareciéndose más a una boa enroscada de 15 metros que para sentirse llena necesitaría todo un rebaño de cabras.

Estos quiebros, de ir por una cosa y volver con una docena, no solo pasa en verano, cualquier tiempo del año tiene su misterio, no se sabe por qué, pero siempre es lo mismo, momentos tontos se suceden sin pensar, sin planificar, vas a la cocina, abres el armario, como si no supieras lo que hay dentro, ves la caja de galletas… ah!!, miras la caja cuidadosamente y ves que aún no está abierta, silenciosamente le quitas el precinto, como si tu conciencia estuviese a otra cosa, sacas el envoltorio y coges una galleta, pero sabes que una no es suficiente y que volverás, entonces coges dos… te las comes sentado en el sofá, intentas seguir con lo que estabas haciendo, pero… es un misterio… no sabes por qué, porque por hambre no es, pero no puedes parar de pensar en otra cosa que no sea en las que quedan en el armario. No pasan ni diez minutos y  no te las puedes sacar de la cabeza, al cabo de un rato el pensamiento es como un taladro en la cabeza y empiezas tu particular negociación, piensas que luego no comerás nada más, o que ya te das por cenado… y sigues con la siguiente, están ahí, en fila, esperándote y el mal ya está hecho, se despierta la conciencia y dices venga ya vale, voy a beber, pero entonces abres la nevera, y piensas a conciencia, bueno como no voy a cenar… al cabo de diez minutos estás de pie frente la nevera, con un muslo de pollo en la boca, mientras el aceite te chorrea por la manga. Acabas de sentir que has ganado y perdido en el mismo asalto.

Disfrutas comiendo, para qué negarlo, los combates no son con la comida, ella no corre por entrar en tu boca, si lo hace es que está cruda y yo no abriría la boca, la pelea es con uno mismo. Por un lado estás pensando en cómo quieres ser, como te quieres ver dentro de un tiempo, proyectas esa imagen en el cielo, y comienza la escalada, sabrás que has llegado cuando consigas entrar en aquellos pantalones que te compraste en las rebajas con la intención de bajar una talla. Te convences rápido, solo hay que evitar comer lo innecesario, con un poco de fuerza de voluntad, solo hay que contenerse y abstenerse por un tiempo, nada, solo caminar y mirar para otro lado, pero el problema es que no quieres pensar en comida, y por tu mente no pasa otra cosa. Caminas y por todas partes hay hornos de pan, pastelerías, bares de tapas, te sujetas como puedes pero el tirón es tan fuerte como si sujetaras un rottweiler con un solo dedo, con los otros nueve estás contando todo lo que vas a hacer para compensarlo, negocias con tu conciencia “de beber me pido agua… después me iré a caminar… nada de cenar… más que andar tendré que correr… ya es hora de apuntarse a un gimnasio y tomármelo en serio… ya no pico más en toda la semana… mañana empiezo una dieta… me como lo que menos grasa lleve… comparto con alguien la mitad…”  escapas como puedes de la tentación, llegas a casa de tu madre y te dice: “hoy te quedarás a comer, he cocinado …” si no te ha dicho acelgas, da igual lo que te diga, en ese momento ese es tu plato preferido, definitivamente empezarás a cuidarte mañana.

Acabas renunciando a controlar, pero este es otro tipo de control, descontrolo todo lo que quiero, porque pongo el control en otro momento. En realidad no has renunciado a controlar lo que comes, lo controlas totalmente, vas a conciencia, te tiras de cabeza al placer inmediato, tu estómago se convierte en una tierra barrosa que engulle y traga entre el fango uno tras otro los alimentos que no alimentan solo calman una necesidad difusa, fácil de rellenar con comida, tanto por su satisfacción como por su disposición inmediata. La enorme fosa en la que se convierte nuestro estómago, badina de un sinfín de alimentos. Caen derrotados por nuestra escombrera acostumbrada a la caída rápida y casi entera de numerosos alimentos, dolorida pero llena, satisfecha del cúmulo de diferentes comidas cual  síndrome de Diógenes, embutiendo toda clase de sabores, texturas, y cocciones, con el único intento de poseer y despojarles de su preciada alma, extraerles la esencia idealizada en nuestra mente, con un vulgar revolcón por la boca, corto, rápido apenas indoloro para el pobre bocado, convertido en desperdicio cuando aún ni ha llegado abajo, y haciendo sitio para el siguiente sacrificado.

Cada vez que te decepcionas escogiendo el placer rápido, placer corto instantáneo y efímero, renunciando al placer a largo plazo y duradero de sentirte a gusto con tu cuerpo, de que la ropa te siente bien. Te sientes más frustrado contigo mismo, al principio ganas concediéndote el placer de comer, pero siendo efímero, no tardas en sentir que has perdido.

En cambio, si consigues por un tiempo contenerte y renunciar a comer, por un lado te sientes fuerte rechazando la tentación, pero al cabo de un tiempo sufres un vacío inmenso en tu interior, una especie de descompresión muy fuerte entre lo que hay fuera y lo que no hay dentro, si dejas que el vacío se haga grande, la fuerza de succión y todo lo que atrape será todavía más grande y la resistencia muy difícil. El vacío tiene una fuerza de tal categoría que desequilibra la fuerza de la resistencia a no comer, de manera que el vacío, termina por absorber todo lo que se encuentre, con tal voracidad, que es capaz de engullir como un tornado todo lo que se ponga a su paso, para luego escupir todo a medio digerir. Por lo tanto, lo que se comienza como una batalla ganada, se convierte en una guerra perdida.

Hay personas que consiguen desafiar esa ley de la naturaleza, que es el placer de comer, y romper por completo el equilibrio, convirtiendo en placentero justo lo contrario, no comer, un placer perverso que lleva a la autodestrucción, pero que en su camino se sienten en la gloria de flotar sobre el suelo, el cuerpo deja de ser pesado, redondeado y graso, y todos iluminan su mirada al ver la metamorfosis, pero la mente está en perversión y no alcanza a ver esta belleza, para conseguir no comer, el cuerpo se ha convertido en el asqueroso enemigo de nuestra mente, y el combate es constante, para rechazar lo que pide el cuerpo, rechazamos al propio cuerpo, y en nuestra mente se deforma cada vez más nuestro cuerpo, que por ser odiado, queda preso del maléfico encantamiento, no poder disfrutar mentalmente del cuerpo, porque el cuerpo no disfruta torturado por nuestra mente. No sólo se coloca el placer en un lugar erróneo, además surge el miedo, un profundo y aterrador miedo a engordar, por lo tanto a comer cualquier cosa que lleve calorías, y comienza la maratón por compensar con ejercicio físico cualquier alimento que potencialmente  engorde. Al cabo de un tiempo, el miedo se generaliza a alimentos que antes se concebían como sanos por la persona, y cualquier alimento por ridículo que pueda parecer, desata el miedo convirtiendo el ayuno perpetuo en la única forma de vida. La batalla aparentemente está ganada, pero la línea se va moviendo arrinconando a la persona cada vez con menos peso en la balanza, y la ligera danza a desaparecer por inanición, es cada vez más rápida. El resto de los mortales intentan desesperadamente tirar de la persona, pero ella siente que intentan que cruce una línea imaginaria, echando a perder todo lo que con tanto sacrificio ha conseguido. La batalla está servida, nunca está ganada.

La comida es un placer cotidiano, pero no el único, si se convierte en el más importante, tanto por comer como por renunciar a comer, la relación se deforma convirtiéndose en esclavo de este placer, no se puede pensar ni hacer nada que no esté relacionado con la comida, y poco a poco deja estéril y yermo el resto de los placeres de la vida, por eso el antídoto contra este maleficio es disfrutar en la vida de muchos otros placeres, y de la comida como uno más dentro de la vida.

Mi consejo es, come de lunes a viernes en plato de postre, comida sana y el fin de semana disfruta de lo innecesario en plato normal, incluso el fin de semana te parecerá que disfrutas más, si te planificas y concedes todo aquello que es más una celebración que para un día normal. El bocadillo y las tapas, mejor el viernes cenando con amigos, los churros con chocolate en el desayuno el sábado con tus hijos, la cena con mantel y un buen vino el sábado con tu pareja, el vermut y la paella el domingo con la familia, y la piña para rebajar, el domingo por la noche. Si haces todo esto no sólo disfrutaras de comer sino también comiendo, porque comer con los demás, hablar y reír te llena mucho más que atracarte en soledad.

Si has cruzado una línea con la comida y se ha convertido en un laberinto del que no consigues salir solo, puedes venir a mi consulta en Binéfar o en Huesca y trabajaré contigo para encontrar la salida.

 

BELÉN BERNAD MARZOLA

Licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia

Máster en Terapia Breve Estratégica

http://www.belenbernad.com