LOS GRAFITTIS DE COFITA, artículo de Javier Serena

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¿Todo lo que viene de fuera es más mejor? Valga esta incorreción para poner la materia del tema mismo a tratar. Nuestro legado patrimonial.

Yo soy hijo de Cofita, nacido en Barbastro y vecino de Monzón. ¿Cómo presumir de unas raíces tan humildes? ¿cómo anteponer la razón al corazón? Armado de fe y paciencia tan solo era cuestión de tiempo atisbar la esperada respuesta.

Hace algunos años atrás, nadie tenía nada interesante que decir de Cofita. Un pueblo moribundo, dejado de la mano de Dios, sin cabildo ni párroco propios. Aquí empieza nuestra pintoresca historia, y digo bien pues la ocasión la pintan calva. Sucedió en una de mis numerosas visitas a su iglesia románica de la Magdalena, que me encontré con la puerta entreabierta y ya en su interior la desagradable sorpresa de ver su altar profanado. Un espectáculo grotesco sobre el cual puse en guardia a las autoridades patrimoniales. Una desagradable rutina diaria en nuestro querida y expoliada tierra de Aragón.

Un molesto pero merecido inciso cabe puntualizar. Cofita es ese pequeño pueblecito que esconde un gran secreto contenido entre las líneas del testamento de nuestro difunto rey Aragonés Alfonso I el Batallador. El monarca delega el mando de su reino a manos de las órdenes militares del Hospital de San Juan de Jerusalén, el Santo Sepulcro y los pobres hermanos de Cristo, más conocidos como los caballeros templarios o monjes guerreros. Éstos,  ni cortos ni perezosos empiezan a dejarse ver por nuestra ciudad de Monzón sobre 1140 con ambiciosos planes de repoblación y gestión de estas fértiles tierras de regadío. Estas preciosas nupcias espirituales pueden verse esculpidas en el majestuoso pórtico de la iglesia de Chalamera, a pocos pasos de Alcolea de Cinca.  Y todo este germen es plantado por la gracia de Dios en la recién gestionada almunia de Cofita, recalcando una vez más la caprichosa herencia que pende sobre nuestras cabezas.

Para no agobiar al lector sobre este reiterado tema, dejaré caer la espada de Damocles para traerlo de regreso al presente corriendo un tupido velo sobre mis lujuriosas ensoñaciones.

De regreso a 2018, nos encontramos con la iglesia de la Magdalena en Cofita en un estado precario y: ¿sin rastro alguno de los templarios? Apuntalada con algunas obras de emergencia a sus espaldas para mantenerla en la línea de flotación de nuestro precario legado patrimonial… Con unos misteriosos grafitis en su fachada exterior que ¡OH! Sorpresa ¿pueden ser una copia desesperada de los contenidos en su interior? ¿Cómo hemos llegado a este punto, en el cual una orden militar extinta se vio obligada a romper las reglas más sagradas con el fin de perpetuar su espíritu fuera de su tiempo?

*Regla de los templarios 39. Sobre cómo deberían comportarse los hermanos.

– “No he venido a hacer mi voluntad, si no la voluntad de mi padre que me envió”

¿Tan importante es preservar este legado? Humildemente añadiré que solo se encuentra otra iglesia románica en todo el mundo a imagen y semejanza de la Magdalena de Cofita. La capilla templaría de Cressac en Francia. Su hermana gemela. Tan solo observando los dibujos de esta capilla del siglo XII policromada por los templarios, pueden darnos una idea de lo que nos puede acontecer en nuestra tierra y la repercusión mediática que esto supondría para el entorno templario y la proyección turística de nuestro rico patrimonio de cara al curioso viajero atraído por nuestra singular comarca.

¿Pero estamos preparados para este importante legado que nos dejaron los templarios de la comarca del Cinca medio? ¿Seremos capaces de creernos algún día la importante página en la historia escrita entre los muros de nuestro castillo templario? y más importante si cabe aún: nuestro compromiso e incansable insistencia en difundirla.

Dicho lo dicho, aquí un dicho. “Cuando el rio suena, agua lleva”. Y es menester de un servidor avisar “que el que avisa no es traidor” de que guardaremos con recelo nuestra historia piedrita a piedrita por muy pequeñas que estas sean. No sea que en un futuro cercano tengamos que pillar una pataleta como nuestros vecinos de Sigena.

Javier Serena

(El Templario)