TRIÁNGULOS AMOROSOS, artículo de Belén Bernad Marzola

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El amor se posa dentro de cada uno de nosotros sin poder evitarlo, no elegimos de quien nos enamoramos ni tampoco cuando, por eso a veces ponemos los ojos en quien no nos conviene, o cuando ya estábamos emparejados. 

Pero el amor es caprichoso, aparece y revolotea en nuestro pecho, podemos tratar de espantarlo, ahuyentarlo o esquivarlo, pero si al poco tiempo no se va, deja sin sabor todo lo que habíamos probado.

 

Hay personas que reconociendo este sentimiento lo viven, lo disfrutan, y se dejan llevar a pesar de estar comprometidas desde hace años. Empiezan a mirar con lupa su matrimonio después de 20 años, “nada es como prometía, él nunca me ha querido y yo nunca lo he amado”, o “si me quiso y lo quise, no se como, pero hace años que todo se acabó.” Revisan toda la historia desmenuzando cada uno de los tropiezos, cada una de las palabras que sonaron mal, cada vez que esperaba una actitud diferente del otro, o cada vez que esperaba que hubiese hecho lo contrario, le hubiese apoyado, le hubiese defendido, le hubiese dado la razón… pero se hace tarde para esta relación y todo lo bueno se olvida en un cajón.

 

Cuando aparece el amor que por fin da todo el color y sentido a la actual vida, la persona siente que no está traicionando su relación, porque en realidad la traición estaba ya antes, cuando se la dejó asfixiar bajo tantas quejas de obligaciones domésticas, tantos sacrificios injustos por los hijos, tantos egoísmos con el tiempo de cada uno, tantas negociaciones perdidas… agotada, la relación, bajo el peso de una rutina que se adivina va a seguir, con un único final, envejecer y morir.

 

Pero quien quiere asumir la culpa del remate final, ahora que aparece alguien con quien disfrutar lo que queda de vida, tal vez el último tren, como mirar a los ojos de todos y decir “Sí, yo la maté, esta relación estaba acabada, solo agonizaba y todos sufríamos con gritos y discusiones, o con un sepulcral silencio y una fría distancia, pero al final, yo fui, yo la maté”. Todos te van a juzgar, los ojos de tus hijos, a los que les has enseñado a luchar no los puedes ver mirándote defraudados, los ojos de tus padres, defraudados es poco, irse con otro, su mirada será de indignación, ellos jamás te educaron para causar tanto daño por capricho, la sentencia la sabes bien, culpable y por irte con otro condenada a la decepción perpetua.

 

El dilema está servido y mientras, la persona está atrapada entre dos relaciones, la que se convertirá en pasado y la que pasará al futuro. Se encuentra en el presente, debatiéndose entre qué hacer, dejar al marido o dejar al amante, el tiempo pasa, el presente se alarga y todos representan su papel.

 

El marido pasa de ser el culpable por omisión a la víctima por traición, la mujer pasa de ser la víctima que se sacrifica a culpable por conspiración, y el tercero en discordia, que se encuentra con la relación, pasa de culpable por aprovecharse, a víctima de no poder poner solución.

 

Si el tiempo pasa y el triángulo se asienta dentro de la estructura, se convierte en un elemento capaz de soportar grandes cargas y tensiones, tiene la capacidad desplazar insatisfacciones con las que ella se acostumbró a vivir, a un equilibrio en el que ahora está la pasión que faltaba, el marido siente que su mujer le deja de reprochar, al contrario, sin saber de su culpabilidad, la ve como se muestra distante, pero complaciente, no entiende como, pero es una situación mucho más liberadora y calmada. Y el amante si no la puede abandonar, aprende a ver diamantes en lo que para otros serían piedras opacas sin ningún valor.

 

BELÉN BERNAD MARZOLA

Licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia

Máster en Terapia Breve Estratégica

http://www.belenbernad.com 

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