Levantarse por la mañana y que tu hijo preadolescente ya esté estudiando, se haya duchado, desayunado, vestido normal, su cuarto esté ordenado y te diga “buenos días”, no es algo exagerado, es totalmente imposible a no ser que por un extraño suceso tu hijo haya sido abducido, clonado y cambiado con fines experimentales. Puedes comprobarlo porque seguro que no tienen ombligo.
¿Y de que trataría el experimento? Podría ser, demostrar si la causa de que los niños no sean perfectos, está en los padres o los hijos, un dilema parecido a ¿qué fue antes el huevo o la gallina?
¿Son los hijos los que tienen un error en el sistema, por el que no consiguen hacer todo lo que razonablemente deberían hacer?
El pedíatra, experto en la materia, hace el seguimiento del niño desde que nace, resolviendo infinidad de dudas, por qué llora, o por qué no duerme, o por qué no quiere la verdura. El miedo de los padres a los posibles problemas de los hijos hace que en sus consultas haya más cola que en las tiendas de telefonía.
La ilusión de que sean perfectos lleva a los padres a inflar los aprendizajes de sus hijos. Saben que la exigencia de nuestro mundo es muy alta y los preparan para su tiempo, son los niños 3.0, cargados de experiencias como si fueran aplicaciones: estimulación a través de móviles, tablets, ordenadores, juegos interactivos, de extra escolares, un instrumento, teatro, idiomas, más de una actividad deportiva, ajedrez… todo lo que sirva para desarrollar al máximo sus capacidades
A padres y tutores les preocupa si no rinde lo suficiente, que no muestre interés por estudiar, que en casa sea una batalla los deberes. “Puede ser que el niño sea muy inteligente y no lo hayamos descubierto”, la ilusión de la perfección se alimenta durante todo su desarrollo. Es frecuente ver en los colegios, a los orientadores buscando la excelencia en los niños, como si fuera el arca perdida, pasándoles pruebas que parecen sacadas de las paredes de las pirámides egipcias.
Preparamos a nuestros hijos para trabajar en la NASA, y con tantas expectativas, suele suceder que en el primer fracaso, padres e hijos se estrellan contra el suelo y cuanto más alta sube la expectativa, más dura es la caída.
Es bastante probable que seamos los padres los que cometamos fallos, ya que no somos precisamente, tecnología punta en programación de seres humanos.
Somos capaces de dar una instrucción y al momento la contraria, “hay que comérselo todo para crecer… bueno no pasa nada porque dejes un poco”, “hay que ir a dormir para crecer… bueno miras un poco más la tele y a dormir”. Damos muestras de ser muy razonables y escuchar, y al minuto siguiente no nos creemos nada: “¿explícame bien lo que ha pasado en el colegio?… no me cuentes historias que seguro que algo habrás hecho”.
Pero si lo pensamos bien, ¿necesitamos hijos perfectos que nos demuestren que somos padres perfectos? la perfección es relativa, depende de quien la mira.
Si le dices a tu hija de diez años: “deberías esforzarte más con tus tareas y tener ordenada tu habitación, en lugar de perder tanto el tiempo, yo no paro en todo el día”, y ella te dice “mama cuando tú estés tranquilamente jubilada yo tendré tu edad y entonces seré yo la que trabajará como una loca y no tendré tiempo para nada”. Te paras un momento y te haces un pregunta ¿se nos está olvidando vivir?
Obsesionarse con lo que llegarán a ser, con corregir lo que hacen mal y buscar culpables de sus problemas, puede llevar a tanta frustración dentro de la familia que la relación con los hijos se puede romper. Educar es algo más que esperar que matemáticamente la vida nos de lo que esforzadamente le pedimos, que no se nos olvide que más tarde o más temprano van a volar, y que la relación con nuestros hijos no se estropee y se rompa de tanto tirar de la cuerda, es lo verdaderamente coherente con nuestra función de ser padres.
Para educar no hay una fórmula perfecta que a todos los haga perfectos, para una vida perfecta; educar es abrirles los ojos a lo que realmente es importante en la vida y a la vez aprendemos nosotros lo que es realmente necesario enseñarles en la vida:
Necesitan saber que el fracaso es la oportunidad de aprender de uno mismo, necesitan crear ambiciones, conocer sus límites y disfrutar de sobrepasarlos, eso es superarse.
Necesitan aprender que la victoria es para quien se empeña, y que la mayor lucha siempre es con uno mismo.
Necesitan saber que los sueños no se realizan si solo se imaginan.
Necesitan saber que la vida decepciona mil veces, pero quien no se rinde, nunca se decepciona a sí mismo.
Necesitan saber que es bueno dar un paso atrás para impulsarse, que hay que estar atento a mejorar siempre.
Necesitan saber llorar por lo que duele, sacar el dolor y volverse a ilusionar por lo que merece la pena.
Necesitan saber disfrutar de lo que llega, mientras estamos esperando lo que queremos, para que nuestra vida no se pase en una larga espera.
Necesitan saber que evitar hacer algo, no es una elección, sino un abandono.
Necesitan saber que hay que bajarse de todos los trenes que no llevan a ninguna parte, porque si no, nunca seremos los dueños de nuestro destino.
Necesitan saber que en la vida, nos apasionarán tantas personas y metas como nos decepcionarán otras, saber tomarlo todo con medida.
Necesitan saber que la vida no es perfecta, la queja sólo sirve, si es para mejorarla, nunca para sentarse y esperar a que escampe.
Puede que la perfección no exista, por si acaso aprende de enseñar a vivir cada día, educar es la mayor lección que nos da la vida.
BELÉN BERNAD MARZOLA
Licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia
Máster en Terapia Breve Estratégica
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