Al iniciar un nuevo año, hay personas que lo toman como punto de inflexión, una referencia de cómo estaban el año pasado, y cómo quieren estar este nuevo año. Muchas personas se proponen dejar de fumar, cuidarse, perder unos kilos, ir al gimnasio, aprender un idioma…
Un apreciable cambio de hábitos, que parece posible y en cambio, al poco tiempo, o se comienza con mucho empeño y a los cuatro días se abandona, o se pospone permanentemente y nunca se lleva a la acción.
En realidad, el propósito no es tan nuevo, para muchos es bastante viejo, pertenece al año nuevo de hace ya varios años.
Esperamos un cambio radical, para algo que debe ser construido como un cambio gradual. Aunque cada propósito es diferente, en mi opinión en todos falla lo mismo, planificación.
Planificación del momento en que lo vamos a poner en marcha, qué día vamos a comenzar ese propósito, planificación del momento del día y de los días en los que nos proponemos hacer esa actividad nueva, planificación de la puesta en marcha, buscamos un lugar, una persona que nos ayude, planificar los costes, cuanto nos vamos a gastar, planificar qué materiales o recursos necesitamos. Y por último planificar los beneficios reales que esperamos ver, debemos bajar de las nubes con nuestra expectativa, y hacer una elección más realista de nuestro cambio.
Después de haber concretado lo máximo posible, que sería llevar a cabo ese propósito y el impacto real que tiene en nuestra vida, es decir, si hemos previsto que este cambio de hábitos se pueda llevar a cabo durante un tiempo para que se pueda ver el efecto.
Después de esto nos tenemos que marcar un objetivo a largo plazo, es decir, dentro de un tiempo, tres meses por ejemplo, cómo queremos que se haya cumplido, en qué medida, y que cosas me permitirán ver claramente que lo he conseguido.
Después de visualizar de una forma lo más realista posible cual será el cambio deseado, y como se hará visible en tres meses, planifica el paso inmediatamente anterior, y después el inmediatamente anterior a este, cual sería; así, en pequeños cambios pero concretos, pequeños pero claros, que te permitan ver cuál sería el camino.
Una vez hayas planificado todo el recorrido desde el final al principio, con esta técnica que se conoce como la del escalador, debes tener claro cuál es el camino, cada uno de sus pasos, y fijarte en el siguiente punto, en el primer y pequeño paso que debes dar. Cada día poner en marcha ese pequeño y troceado paso, y al final del día volver a valorar, si era demasiado grande y quisiste dar una zancada, puede que te sientas como el que le duele el golpe de caer a mitad, pero duele menos que no haberlo intentado.
Planifica en qué momento del día vas a revisar tu plan, en qué falla, como mejorarlo, modifícalo y planifica el pequeño, casi insignificante paso del día siguiente, pero concreto, visible, que seas capaz de dar, y contempla el resultado al día siguiente, todos los días paso de hormiga, pero todos los días sin descansar.
Recuerda, no existen los ascensores para tu cambio, solo un montón de pequeños escalones.
Planifica cómo van a ser los resultados, queremos saltarnos pasos cuando esperamos demasiado del cambio, es decir, queremos aprender y llegar rápidamente al nivel experto, y nos frustra vernos en el nivel novato, pensamos que no deberíamos sentirnos tan ridículos cuando comenzamos a hablar un nuevo idioma, o tan cansados cuando llevamos un minuto corriendo, o que no deberíamos atascarnos hablando en público, cuando el que es experto también se sintió novato. Quien no es capaz de sentir ridículo y reírse de uno mismo, es porque tiene una pobre imagen de sí mismo, incapaz de darse la posibilidad de cambiar.
Hay personas a las que les sirve azotarse con el reproche y el sentimiento de culpa para avanzar, pero a la mayoría sólo les lleva a abandonar, con una idea aún más pobre de uno mismo. Si llegado el momento de revisar cómo vas logrando tu propósito, algo falla, reprocharte, culparte, gritarte dentro de tu cabeza, darte unas cuantas collejas, a casi todo el mundo de lo único que le sirve es para confirmarse lo torpe que es incluso en fracasar. Hundirte tú ¿en qué te va a ayudar?, si no es en abandonar como traición a tu implacable exigencia. Rema con todos tus pensamientos en la misma dirección, si no consigues lo que te propones, revisa, corrige y retoma la dirección.
Al cabo de dos semanas, te darás la vuelta sobre tus pasos, y al mirar atrás, te descubrirás intentándolo, y eso es lo más importante, crear el cambio y creerlo después, ver como a diminutos pasos te vas convirtiendo en la persona que serás después.
Disfruta del camino, disfruta de esforzarte, arriba las vistas del recorrido son impresionantes.
BELÉN BERNAD MARZOLA
Licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia
Máster en Terapia Breve Estratégica
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